viernes, 22 de mayo de 2026

El peligro de una espiritualidad aislada

La verdadera vida sobrenatural es una búsqueda de compañía, un refugio contra la soledad. Si rompemos los vínculos que nos unen al cielo, también perderemos los de la tierra, siendo nuestra debacle irreversible. 

Las hienas cuentan con un método de caza muy particular. Su táctica consiste en aproximarse a una manada y tratar de seleccionar al individuo más débil: el más susceptible de ser aislado. Lo acechan hasta que lo separan del grupo. Entonces lo persiguen hasta agotarlo, hasta que se deja vencer por el estrés. Por el contrario, si la manada se mantiene compacta y ninguno de los miembros se separa no les queda otro remedio que abandonar la persecución. 

La técnica de caza empleada por las hienas es un gran ejemplo que nos sirve para intentar trazar los perfiles de una espiritualidad aislada. Un sujeto inmerso en la soledad siempre tiene la angustiante sensación de estar siendo acosado y no saber qué hacer o cómo volver al grupo para compartir sus padecimientos con los demás. El hombre necesita del amparo de las relaciones. Sin ellas, se encuentra a merced de las acechanzas interiores. A medida que es perseguido por ellas va perdiendo el sentido de la realidad que le ofrecía el contacto con el resto de la manada, finalmente es incapaz de reconocerse y sucumbe ante sus perseguidores. El apocalipsis describe a los enemigos que persiguen al hombre como bestias hambrientas que quieren devorarlo. La estrategia que emplean es clara: separarlo del resto y atacar con todas sus fuerzas. Sin esa estrategia no podrían conseguir nada. 

Uno de los riesgos de la atomización social que padecemos consiste en dejar a las personas a merced de sus asechanzas interiores. Estamos creando una colectividad de sujetos aislados que han perdido cualquier conexión con lo real debido al deterioro de la cohesión relacional. Las personas para estar a salvo y vivir en paz tienen que reconocerse interdependientes unos de otros, exponer sus fragilidades para que todos se hagan cargo de todos. Sin esos vínculos de dependencia no puede haber crecimiento personal. 

No es casualidad que la proclamación de la nueva espiritualidad sin Dios se produzca en el marco de una sociedad de individuos aislados. El peligro de esta forma de gnosticismo es muy grave: acentúa el descarrío individual. 

Dios mismo es relacional: nuestra cercanía a Él se cifra en una mayor comunión con los demás. 

Moverse hacia formas de espiritualidad de complacencia individual y de desconexión relacional conlleva un proceso de alejamiento de la verdad que después será duro de desenredar. Seamos precavidos, detrás de un aparente bienestar interior de autoconsumo puede esconderse una bestia que se está frontando las manos. 


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