El pensamiento es un flujo eterno de ideas. Es la única actividad humana que no cesa nunca. Los pensamientos van y vienen como hilos de agua en una corriente que parece no tener fin. Pensar es aprender a manejar la cadencia de ese torrente.
Cuando uno se planta ante un río lo primero que percibe es la armonía que exhala, el rumor sincronizado que mana dulcemente de su incansable curso. Sería una absurdidad querer obturar el río o concentrar todo su cauce en un solo punto. Pues lo mismo pasa con el pensamiento.
El pensamiento es una corriente que si dejamos fluir con naturalidad, sin buscar imponerle un ritmo o llenarlo demasiado, tenderá a ordenarse. El pensamiento no es un laberinto, ni una mala jugada de la divinidad, sino que es el receptáculo por donde tendrán que pasar todos nuestros sueños, deseos, alegrías e ilusiones. Pensar es aprender a respetar la intensidad, la oportuna aparición de su contenido.
¿Porqué resulta tan difícil pensar en nuestra época?
Uno de los principales lastres que atan a las personas de hoy es la saturación del pensamiento. Demasiados pensamientos anulan el pensamiento. Cuando la persona se ve agobiada por una congestión de ideas que exceden su capacidad de asimilación, el resultado más natural consiste en que cierra la compuerta de acceso y se resiste a entregarse al compás del pensar. Vivimos en una sociedad que nos bombardea constantemente con imágenes, discursos e ideas. En esta situación, el pensamiento se ve cercenado por todos lados. Ya nadie respeta sus tiempos: su equilibrada musicalidad es suplantada por el ruido estruendoso de las modas y las tendencias sociales en boga. Al desvincular el pensamiento de la temporalidad hemos anulado el sentido de su recorrido natural. Hace falta volver a dejar que el pensamiento se reordene y recupere el flujo que siempre acaba llevando a la verdad.
Otro de los peligros que siempre acechan al pensamiento es la tentación de focalizar toda la atención en uno o varios pensamientos. El pensamiento tiene que aprender a recibir y a dejar marchar. Si nos resistimos a soltar algunos de nuestros pensamientos y no permitimos que la corriente de nuestro pensar siga su cauce natural, perderemos la visión de conjunto que nos permite manejar la totalidad del afluente. "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora". Se trata de una ley de la que no podemos disponer: forzar las cosas solo nos llevará a perder el hilo de nuestros pensamientos.
Ahora bien, bien es cierto que no todos los pensamientos que fluyen por el seno de nuestra vida son buenos. A los malos, básicamente los que nos quitan la paz, no hay que hacerles ni caso: tenemos que dejar que se pierdan enseguida en el curso siempre nuevo del pensar. A lo mejor no podemos evitarlos, pero lo que sí podemos hacer es no prestarles la menor atención y dejarlos marchar lo más rápido posible. Centrarse en ellos sería catastrófico, el curso del río enseguida perdería la cadencia y el ritmo armónico que tiene por naturaleza. Además, son los malos pensamientos a los que prestamos atención, los que más tarde acabarán desembocando en las malas acciones.
La atención está para centrarla en la belleza que pasa por dentro de nosotros, para nada más. Estad seguros que hasta por el pensamiento más atormentado pasan rachas de hermosura. A esas hay que hacer caso. Si fomentamos la atención a los buenos pensamientos, enseguida el río de lo bello se ensanchará, acudiendo a nosotros nuevos y preciosos pensamientos. La holgura que iremos ganando será la que nos acabará permitiendo tener el espacio, la libertad y el oxígeno suficiente para hacer el bien. Amemos el bien que pasa por nosotros, lo otro dejémoslo correr. Si lo intentáis, ya veréis que no es tan difícil. Como mucho los malos pensamientos se resistirán a abandonaros, pero no les hagáis caso: perro ladrador poco mordedor. Si habéis tomado la resolución de no volverles a prestar atención acabarán perdiéndose en el horizonte.
El río del pensamiento es maravilloso, es obra de las manos de Dios. Nada que sale de Dios puede ser malo.
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