Preguntarse sobre el sentido de la vida es poner en cuestión nuestra relación con el mundo. ¿Qué significado tiene la realidad para mi? ¿Qué significado se revela a mi mirada cuando la contemplo?
El sujeto recibe información a raudales, la experiencia cotidiana contiene un número inagotable de objetos y personas a los que podemos atender. La conciencia es el foco que nos hace priorizar y discriminar entre la policromada e infinita realidad que viene hacia nosotros.
En nuestra condición de entendimiento encarnado, solo podemos pensar sobre una pequeña porción de los objetos que encontramos en el mundo. La inteligibilidad que rezuma cada entidad aprehensible nos obliga a escoger entre un amplio abanico de opciones que no podemos agotar.
El sentido emerge precisamente en una dinámica de conexión adecuada con la significatividad que me rodea. ¿Cómo reúno la realidad que se me presenta? ¿A qué significados presto más atención?
Lo importante es buscar la unidad, reunir en un mapa coherente la verdad de lo que se me presenta, siempre dentro de mis limitadas capacidades.
En el fondo la experiencia consciente se parece a la experiencia de lo sagrado: se trata de sumergirse en el misterio de la realidad y allí aprehender los significados que nos puedan elevar hacia una mayor verdad de las cosas. Todo tiene que remitir a una mayor apertura y dilatación de la experiencia: buscar el significado todavía oculto de la entidad o conformarse con una versión parcial que se vuelve ciega al original.
En ese sentido, el proceso de conocimiento es una búsqueda de significado que no puede cesar. Si la paralizamos enseguida perdemos de vista la realidad.
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