La absorción del yo
En toda excesiva reflexividad hay un peligro que muchas el orgullo es incapaz de detectar: cuando toda la experiencia tiene que pasar por el filtro del yo, uno se vuelve sordo al verdadero ritmo vital de la realidad. Si el yo se antepone a la vida, el órden natural queda subvertido. Nos cerramos entonces al lenguaje de la realidad, y no permitimos que lo que nos supera se presente ante nosotros. En el solo pensamiento, principal enclave de muchos de los idealismos de la modernidad, el yo no consiente que algo rompa su integridad concomitante y escinda su percepción unitaria. En esa actitud pueden entreverse retazos de desprecio hacia una realidad que por naturaleza tiende a desbancar al hombre: descartar todo lo que no pase el filtro de nuestros pequeños esquemas es hacer de la cabezonería una virtud.
Ahora bien, también hay que decir que la reflexividad es una disposición intermitente y cotidiana de la que no podemos prescindir. Sin reflexión o consciencia de sí el hombre no puede hacerse cargo de la pluriformidad sensorial que se le presenta. La atención consciente es el paraguas que impide que la lluvia de la alteridad acabe por ahogarnos. La pura espontaneidad se pierde irremisiblemente en el objeto, no acierta a distinguir entre las diversas capas y estratos fundantes de lo real.
Por eso hay que tender hacia un equilibrio: la espontaneidad y la reflexividad deben conjugarse en un suave balanceo. No hay que ejercer ni un control excesivo, ni tampoco perder las riendas de la propia experiencia. Hay que aprender a leer el instante, distinguiendo su conveniencia en una u otra situación. Siempre me ha parecido artificiosa la clásica contraposición filosófica entre realismo e idealismo, cómo si alguno de los dos paradigmas pudiera realizarse de forma autónoma. Ni podemos afrontar las cosas sin buenas ideas, ni podemos formarnos buenas ideas sin una rica, matizada y abierta experiencia de lo otro. No contrapongamos ámbitos que en la práctica funcionan unidos. Más bien aprendamos a calibrar su uso y su limitada aportación.
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