No incurrir en juicio
Nuestro Señor dijo algo así como “Quién cree en el hijo del hombre, no incurre en juicio”. Seguramente la principal visión e interpretación sobre este pasaje haga referencia al momento del juicio final, pero mi mente de filósofo no ha podido evitar sacar otras conclusiones algo más heterodoxas. No incurrir en juicio significa abstenerse de domeñar la realidad, permitir su manifestación sin ponerle trabas ni taparnos cosas. El juicio es siempre un velo demasiado precario, una barrera artificial que impide el crecimiento de las maravillas humanas y divinas que pugnan por aparecer. El juicio nunca hace justicia al misterio.
Llevándolo a un plano más filosófico, el juicio es, a la vez, la frontera categorial del buen pensador y el trampolín que nos catapulta hacia la región vital donde el lenguaje se difumina. Por un lado, es la barrera infranqueable que nos impide seguir conceptualizando la realidad; por otro, el enclave desde el cual oteamos el incierto horizonte de lo real. Los juicios son necesarios en la medida que evidencian nuestras limitaciones. Sin embargo, no podemos quedarnos en ellos: sería como encerrarnos en una pequeña habitación sabiendo que hay un vasto universo más allá de sus paredes. Debemos estar dispuestos a someterlos a una revisión continua a partir de lo que experimentamos en nuestra propia piel, debemos querer salir de ellos. No es de extrañar, entonces, que se diga que el hombre de ideas es un aventurero: su mente y corazón están siempre abiertos a una realidad que puede derribar, en cualquier momento, lo que hasta entonces había dado por cierto.
Por eso me parece sumamente iluminador que Dios mismo hablará de su carácter dañino cuando asumen un rol que no es el suyo. Jesús nos habla continuamente de la necesidad de no juzgar al prójimo, de respetar el misterio de su corazón al que sólo Dios tiene acceso. El tío era un filósofo de primera categoría, como quien no quiere la cosa nos recordó las intrínsecas limitaciones de nuestras conceptualizaciones sobre lo que nos rodea. Por eso hay que ser muy cuidadoso a la hora de pensar sobre lo que ocurre en el interior de las personas de nuestro alrededor. El misterio de Dios opera en ellos de una manera que no podemos capturar y explicitar. El juego es fascinante, nos obliga a estar abiertos a aquello que siempre es nuevo. El vértigo vital tiene mucho que ver con la pequeñez de nuestras ideas y la sed de un corazón absorbente.
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