martes, 26 de mayo de 2026

Sobre el acto de existir

La base ontológica es la fuente de significado que riega todo el curso de nuestros pensamientos. En función de cómo pensemos el ser, se configurarán las demás concepciones que formemos. 

Todos tenemos una noción de ser, de modo que la tarea metafísica resulta ineludible. El ser está ahí, nos obliga a confrontar su desnuda realidad y a concretar su significado. No se trata de una cuestión secundaria, sino del sentido que alimenta todas las demás ideas que vayamos forjando sobre la realidad. 

Ante esta disyuntiva inexorable, cabe cuál es la mejor vía para ofrecer una respuesta.¿Cómo es conveniente pensar el ser para que todo lo demás pueda florecer? La aproximación más adecuada a este interrogante que nos plantea nuestra experiencia más básica será aquella que nos acerque al verdadero ser de las cosas. La explicación que responda con más lealtad a aquello que la realidad nos muestra. 

En toda la tradición metafísica de Occidente, solo he encontrado una noción de ser que sea capaz de impregnar el sentido profundo de la verdad de las cosas. Las demás concepciones se desvían enseguida en especulaciones forzadas que terminan perdiendo de vista el eje fundamental de la cuestión. La concepción del pilar metafísico a la que me refiero permite entrever la raíz de lo real sin clausurar su despliegue, que permanece aún en movimiento. Si algo en lo más hondo de mi coincide con esta noción, es porque creo en la radical sinceridad con la que fue formulada. Sin ella, la unidad del intelecto se vería gravemente amenazada y el contenido exclusivo de las cosas quedaría seriamente puesto en entredicho. 

El actus essendi es el fundamento que mejor explica el sentido de las cosas. Que algo exista es señal inequívoca de que algo sea, de que posee el ser. El existir es, en ese sentido, la raíz que hace posible cualquier despliegue posterior. Lo que la cosa sea viene después: lo primero y más radical es que cada entidad que encontramos en el mundo existe. Y su existencia no se reduce a un mero número en un elenco impersonal de ser, sino que es única y exclusiva. El existir está en la base de todo: el hecho de ser es la única raíz capaz de sostener una ontología con pretensiones de verdad. Si se obvia este punto, si se intenta atribuir el ser del mismo modo a todos los entes, si no se parte de lo que la experiencia más elemental nos demuestra, a saber, que las cosas son y existen de manera irrepetible, todo lo demás serán descarríos que no harán justicia a esa noción originaria.

El acto de ser, tal como lo formula Santo Tomás, es la única noción que permite conciliar las pretensiones aparentemente contradictorias que el hombre alberga respecto al ser. La necesidad de creer en las realidad de las cosas es condición para poder extraer de ellas su contenido inteligible. La ciencia solo es posible desde esta perspectiva realista y de sentido común. Fe y razón no son excluyentes; más bien se requieren mutuamente para acercarse al misterio profundo de lo real. Sin esa confianza radical en el ser de las cosas, abiertas a mi capacidad cognoscitiva, no puedo inteligir ni extraer la esencia que corresponde de manera única y verdadera a cada cosa en particular. El acto de ser es lo que posibilita el internamiento en el sentido profundo que encierran las cosas. 

Cuando Duns Escoto concibe el ser como ens communis y promulga su univocidad conceptual, incurre en un traspié sutil, pero grave. Sacrifica la unicidad de las cosas existentes que hace posible la verdadera comprensión por una comunidad excesivamente abstracta. La densidad ontológica pierde solidez: ese mismo ser inefable que recorre todos los entes se pierde como principio ontológico y se muestra incapaz de hacer plenamente inteligibles las cosas concretas que componen el mundo. El actus essendi es, precisamente, lo que preserva la consistencia irrepetible de todo ente existente. Gracias a esa formulación, podemos comunicar el ser y señalar su irreductibilidad ontológica. 

Por otro lado, también me he encontrado con que esta noción ontológica es la única que satisface el anhelo humano de sentido y responsabilidad que todos llevamos dentro. Es precisamente porque las cosas son de manera única e irrepetible por lo que nos esforzamos en cuidar su desarrollo y acompañar su crecimiento. Estamos llamados a participar en el despliegue propio de cada realidad, no como meros espectadores, sino como colaboradores en su plenitud. Esa responsabilidad compartida con el ser de las cosas es lo que nos hace sentirnos colmados; solo ella es capaz de otorgar un sentido verdaderamente profundo a nuestra existencia. Nadie se siente interpelado por el ser en abstracto, sino por esta persona, problema o situación concreta que nos llama personalmente a colaborar en su edificación. Solo cuando concebimos el ser de las cosas como actus essendi podemos atisbar su raíz de bondad, percibir su incompletud y responder a las carencias que, de algún modo, nos reclaman.

Además, solo esta noción nos permite hablar con rigor de la racionalidad de la trascendencia. Considerar el existir como actus essendi nos sitúa en una perspectiva desde la cual el paso a una explicación trascendente no es un salto arbitrario, sino una remisión necesaria para dar cuenta de la maravilla del hecho mismo de que algo sea. 

En definitiva, la luz clarificadora que nos aporta esta noción merece ser rescatada y subrayada entre las muchas concepciones metafísicas que se han elaborado a lo largo de la historia. Ninguna como ella nos deja entrever la infinita riqueza de la realidad existente; ninguna hace tanta justicia, de modo tan humilde y a la vez tan firme, a lo que las cosas son y a su propia exigencia de plenitud. El actus essendi nos sirve de faro en medio de la confusión ontológica que sacude nuestra época contemporánea. Ahora bien, es preciso que la meditemos con paciencia, la asimilemos interiormente y permitamos que, poco a poco, vaya rectificando la orientación de nuestro pensar y, más tarde, de nuestra acción incidente sobre el mundo. Solo así, las cosas podrán volver a florecer ante nosotros: como realidades únicas, llenas de sentido, llamadas a una plenitud que reclama nuestra colaboración. 

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