domingo, 8 de marzo de 2026

Lenguaje y significado

 El significado desborda el lenguaje, pero sólo a través suyo puede hacerse explícito. El significado se amontona en diversas capas de profundidad, el lenguaje lo rescata hacia la superficie. Si no fuéramos capaces de verbalizar nuestras aprehensiones significativas nuestra existencia humana carecería de sustancia, viviría huérfana de libertad. La liberación de nuestro ser se produce en la exteriorización lingüística. Las palabras son el medio de expresión de lo vivencial que nos permiten profundizar en lo ignoto siempre incompleto de la realidad. 

El significado es una fuente incansable de emanación. Por lo tanto, nuestro crecimiento lingüístico tiene que sumergirse en una corriente de crecimiento igual de profusa. Nunca estaremos a la altura de la significación, pero sin una reverberación lingüística constante estaremos enclaustrando nuestro ser en celdas artificiales que giran la espalda al rumor del mundo. 


La relación entre lenguaje y significado es parecida a la que media entre pensamiento y realidad. Ambas veredas son expresión del camino filosófico recorrido desde antiguo. Un camino cuyo origen y destino siempre permanece velado. Ambas conexiones reflejan un proceso de ajuste continuo entre dos esferas siempre heterogéneas pero atraídas por fuerzas magnéticas irreversibles. El pensamiento verdadero se caracteriza por la fidelidad a una verdad en perpetua manifestación. Si no responde a ese proceso de atracción de lo real pierde el hilo del significado. De aquí que reivindiquemos la necesidad de un lenguaje en constante metamorfosis interna. 


Ahora bien, esta renovación vital necesaria no es un eterno retorno a lo nietzscheano. Aquí el significado no se borra para automáticamente mostrar lo contrario, el significado es un proceso de pulimentación cuyas fases tienen todas el mismo valor y se encaminan a una comprensión siempre mayor de la profundidad significativa. En Nietzsche el significado siempre es nuevo y probablemente contradictorio porque se asienta en una realidad inerte sin una red semántica estable, pero eso no es lo que descubre un pensamiento dirigido a la verdad. En nuestra sinceridad interior comprobamos que la creación significativa no es posible, vemos como siempre es atacada desde nuevos flancos. Las brechas siempre acechan lo creado. El mundo del significado está dispuesto para su descubrimiento, es un libro que precisa una progresiva e integradora asimilación. 


Creo que uno de los mayores problemas de la contemporaneidad es el peso fundante que se ha otorgado al lenguaje. El lenguaje es imprescindible, pero está subordinado al significado. De la misma forma que el pensamiento es la premisa de una realidad que no se puede agotar. El lenguaje no funda la realidad, más bien la hace posible. El lenguaje es un canal por el que pasa un agua que no brota de sus construcciones. Paradójicamente si sobrevaloramos el lenguaje, lo acabamos perdiendo. Deja entonces de cumplir su función, de ser un mecanismo que nos permite progresivamente aclarar el significado muchas veces difuso que aparece ante nosotros. Demasiado lenguaje tapa la vista. 


Tenemos que reestructurar el orden de prelación. Hay que aprender a volver a priorizar el significado como génesis y sentido del fenómeno lingüístico. Dejémonos de idealismos y volvamos los ojos a la estructura cognoscible de lo real. 


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